2007/08/14

Adiós al tercer galán


“¿Como te llamás?” fueron las únicas tres palabras que Fontanarrosa me cruzó en toda mi vida y en la suya. Mi único contacto personal con él, lo refleja esta dedicatoria - autógrafo dibujada con su mano derecha que me dedicó en una feria del libro en Buenos Aires, para que yo tuviera su recuerdo en uno de sus más logrados libros: “La mesa de los galanes”. No soy de querer autógrafos, no veo valores en ellos, pero hoy lo releo y es inevitable verlo con otros ojos. En toda mi vida sólo recuerdo este y uno perdido entre mis cosas de mi soltero de Flavio Ciancirulo, el bajista de los Cadillacs. Este fue un arranque de adolescencia. El de Fontanarrosa en cambio, un lapsus de admiración. Admiración por la expresividad en la síntesis y por la profundidad en la economía de palabras. En sus cuentos están las palabras exactas, la puteada oportuna y sobre todo la infaltable sabiduría de la escuela de la calle de todo trovador de aceras. Que no es suficiente, pero si necesaria para la vida. El rosarino hace fantasía con lo cotidiano y demuele en pocas páginas varios tratados de filosofía que ocupan tomos y tomos. Con la ironía desdramatiza el dolor de los que menos tienen, dejando el claro que no son ellos quienes menos son. Soy mas seguidor de su obra narrativa que de sus dibujos con globitos. Sus cuentos que hablan de futbol, de cultura, de política, de sociedad, de personajes menores y mayores. Empecé a leerlo cuando ya Osvaldo Soriano había muerto y hoy, con varios de sus cuentos a cuestas, creo que es su más legítimo continuador y completa el podio de los tres representantes modernos de la literatura popular que gobierna el ya olvidado Roberto Arlt. Hoy los tres estarán releyéndose en algún lugar. Estarán comentando anécdotas de sus personajes peronistas y de los gorileanos. Riendo y llorando sobre esta Argentina que describieron tan magistralmente con su pluma en distintos momentos de nuestra historia, pero que trágicamente se repiten una y otra vez.
¡Qué gusto haberlo saludado en aquel momento, Sr. Fontanarrosa!